¿Qué somos? ¿Qué nos proponemos?

La Iglesia Española Reformada Episcopal, IERE

Editado por laIGLESIA ESPAÑOLA REFORMADA EPISCOPAL (Asociación Confesional n.° 156)

Es, como su nombre lo indica, una Iglesia Española, Reformada, y Episcopal. Ahora bien, ¿qué dice esto a muchos de nuestros compatriotas?

Por el desconocimiento que de nuestra Iglesia tienen, nada, o casi nada. Bueno será, por tanto, que en esta breve definición digamos algo sobre lo que nuestra Iglesia es y sobre sus propósitos.

Somos una Iglesia española porque nuestra existencia no se debe al trabajo y esfuerzos misioneros de clérigos o laicos de otra nacionalidad, sino al denodado entusiasmo de hombres que, habiendo abandonado hace más de un siglo la Iglesia oficial, anhelaban hallar cobijo espiritual en una Iglesia que, manteniendo el episcopado, «entroncase», tanto como fuese posible, con la antigua Iglesia española antes de que ésta cediese a la influencia católica romana. Por ello, no es de extrañar que en nuestro Oficio de ordenación de presbíteros se encuentren palabras como éstas, entre las que el Obispo ha de dirigir a los que reciban en nuestra Iglesia las sagradas órdenes del presbiterado: «Contad al pueblo de este país las glorias de la antigua Iglesia española. Habladle de su primitiva pureza e independencia». Algo que confiamos nunca ha de olvidarse en nuestra Iglesia, que seguirá siendo, en la voluntad del Señor, aun manteniendo su vinculación con las Iglesias que forman la Comunión Anglicana, una Iglesia española.

Somos también una Iglesia reformada, título que nos honra y al que no deseamos renunciar. Si se lee detenidamente, y sin prejuicios, nuestra Liturgia; si se estudia en igual actitud nuestra Declaración de Doctrina, fácilmente se verá que los principios sustentados por la Reforma son también principios fundamentales de nuestra fe y práctica. Ello no estorba el que no hayamos renunciado a considerarnos católicos, calificativo que no debe atribuirse exclusivamente a cuantos militan en la Iglesia Católica Romana.

Somos una Iglesia episcopal. La gran contribución que las Iglesias de línea anglicana (como es el caso de nuestra Iglesia) pueden prestar a la gran Iglesia unida del futuro, es el episcopado histórico. El Arzobispo William Temple, el gran profeta de la re-unión, que representó un gran papel en la formación del Consejo Ecuménico de las Iglesias, escribió estas palabras sobre la continuidad del orden eclesiástico episcopal: «En esta continuidad tenemos un símbolo efectivo de esa eternidad en medio del tiempo, que es el milagro de la Encarnación, y la maravilla familiar de la Iglesia cristiana». Y es que para todo el que se sienta anglicano y episcopal, el episcopado es parte del Evangelio, pues no se trata de una cuestión de forma y administración externas, sino que forma parte de ese cuerpo de verdad encomendado a la Iglesia. El episcopado es un testimonio ante el mundo de que existe en el tiempo y en el espacio un pueblo de Dios: una Iglesia santa, católica y apostólica como es, y quiere serlo más y más, la nuestra.

Dicho esto, se hace necesario decir algo acerca de nuestros propósitos, que pueden sintetizarse en las líneas que siguen.

Queremos ofrecer a nuestro pueblo la presencia, testimonio y servicio de una Iglesia amante de la Biblia, de cuyas enseñanzas nutre su vida, su pensamiento y su culto. Todo cuanto contiene nuestra Liturgia está constantemente confrontado con las Sagradas Escrituras y en todos los Oficios una gran parte son textos son literales de la Palabra de Dios. Sí, la Biblia es la base de nuestro culto, es central en todos los Oficios, y en la ordenación de presbíteros y en la consagración de obispos se formulan las preguntas a los candidatos en relación con su actitud hacia las Sagradas Escrituras. Y ello tiene que ser así porque como se afirma en el artículo VI de nuestra Declaración de Doctrina, ya adoptada en el Sínodo del año 1883, la Sagrada Escritura contiene todas las cosas que son necesarias para la salvación; de modo que nada de lo que en ella no se lee, ni por ella se puede probar, debe exigírsele a hombre alguno que lo crea como artículo de fe, o que lo considere como requisito necesario para la salvación.

Queremos ofrecer a nuestro pueblo la presencia, testimonio y servicio de una Iglesia que practica un culto litúrgico, como siempre fue el caso de la Iglesia cristiana en los primeros siglos de su existencia. Como bien dice Romano Guardini en su libro «El espíritu de la Liturgia», ésta es «el culto público y oficial de la Iglesia, ejercido y regulado por los Ministros, por ella seleccionados para ese fin… En la Liturgia, los homenajes tributados a Dios lo son por la unidad colectiva espiritual, como tal considerada, edificándose y santificándose a su vez, la comunidad, mediante la adoración que a Dios se rinde». La Liturgia es, como la define Guardini, recordando a San Agustín, «Lex Orandi», que es también «Lex Credendi», y, por tanto, «Lex Agendi».

Queramos ofrecer a nuestro pueblo la presencia, testimonio y servicio de una Iglesia que trata de crear en sus fieles una conciencia de «libertad responsable» que, cuando se ejercita de conformidad con la voluntad de Dios, reflejada en Su Palabra y en la vida del Señor de la Iglesia, Jesucristo, lleva a una auténtica moral cristiana que produce frutos de la fe. (Ser un mal episcopal es algo muy fácil, pero ser un buen episcopal es algo que exige un constante esfuerzo y una perseverante vigilancia durante toda la vida)

La Iglesia Española Reformada Episcopal, como todas las Iglesias de línea e inspiración anglicanas, «no ofrece ni un sistema prefabricado de pensamiento y disciplina impuestos… ni la excesiva anarquía que resulta de la interpretación privada, el juicio individual y la disciplina impuesta personalmente», como señala Raymond Nichols en «El Camino anglicano». A sus miembros concede libertad de conciencia dentro del bien mesurado marco de la vida y el culto; una libertad que «está implícita en la pertenencia a la Iglesia», como dice también el citado autor en el libro mencionado, y en el cual afirma: «Si no somos transformados diariamente en carácter y conducta a semejanza de Jesucristo, no somos salvos, sea cual fuere nuestra profesión de creencia en la justificación por la fe o en la presencia real de Cristo en la Eucaristía».

A las Iglesias de línea e inspiración anglicanas se Ies ha criticado, a veces, de preocuparse demasiado de «la bondad» y no lo suficiente del «Evangelio», olvidándose quienes así lo han hecho, o cuantos hoy en día aún lo hacen, que dichas Iglesias han defendido siempre la verdad de que Dios es bueno y desea que sus hijos crezcan en la semejanza de Aquel que recorrió ciudades y aldeas haciendo el bien, (Jesucristo, nuestro Señor). Porque, en definitiva, y tratándose de Iglesias «cristocéntricas», permitidme la expresión, «la semejanza del Hijo de Dios es para ellas la prueba final de toda doctrina o sistema eclesiástico».

No pretendemos, ni como individuos ni como Iglesia, «protestantizar» o «anglicanizar» nuestra amada Patria, sino ser, en la misericordia de Dios, y lo decimos en palabras de la Escritura, un poco de levadura, que pueda contribuir en algo a leudar toda la masa. Y ello, por amor al Evangelio, en servicio y testimonio de Jesucristo, y para bien de España.